La isla
Por si no lo sabías, soy de una isla. Se encuentra en medio del Atlántico. Me he criado entre hospitalidad, cariño y mar. Aun así, nunca me ha gustado la playa, es decir, la arena. Me gustan las playas de piedra y picón. Supongo que me siento un poco Indiana Jones recorriéndolas, buscando una nueva cueva o recoveco, mirando algún pez que está encerrado en ese charco al que le trajo la marea.
Mi primer coche fue uno de mis mejores psicólogos. Me llevó a muchos océnaos a los que les conté mis secretos más profundos, donde verbalicé lo que no era capaz de decirme a mí mismo. Me hizo ver atardeceres que nunca pude imaginar. Es por ello que, a pesar de que casi he pasado la mitad de mi vida fuera de ella, sigo pudiendo moverme como pez en el agua cada vez que voy. Recorrí cada recoveco de aquella isla, porque dentro de mí sabía que estaría mucho tiempo sin verla.
A pesar de todo, siempre tuve eso que llaman el mal de isla. Algo muy extraño, ya que es lo que le da a la gente que no es de una isla al vivir en una. Esa sensación de estar enjaulado. Que todo queda pequeño.
Por algún motivo, yo sabía que no iba a vivir allí desde mi adolescencia. No quería vivir en la isla. Y de hecho, a la primera oportunidad, me fui. Tenía 19 años, era marzo, y tomé la decisión de irme a vivir a Madrid. Puede parecer ínfimo, pero créeme, la primera vez que ves su magnitud y su metro te dan ganas de salir corriendo despavorido.
Trabajé vendiendo libros puerta a puerta en el Círculo de Lectores, recorrí cada barrio, cada puerta, y no tocaba en la hora de la siesta porque me daba vergüenza. Posteriormente vendí tarjetas de crédito en Nuevos Ministerios; duré dos días. Y finalmente, contra todo pronóstico, acabé trabajando de botones en un hotel. Si quieres profundizar más sobre mi experiencia, puedo resumírtela si ves una de mis películas favoritas: El gran hotel Budapest.
Posteriormente volví, estuve aquí unos años, dos, tres quizá. Tuve ese primer coche. No lo sé. Pasé por cadenas de restauración, supermercados y tiendas de complementos. Hasta que finalmente me dije: quiero trabajar sentado, celebrar los cumpleaños y estar en los días importantes. Estudié mientras trabajé, me obsesioné con conseguir ese trabajo.
Cuando llegó ese momento, en el que la asesoría donde estaba haciendo las prácticas me ofreció el puesto, y poco menos que la vida entera, me imaginé sentado pasando asientos contables toda mi vida. Cómo me iba encorvando poco a poco en esas cuatro paredes. Me imaginé formando una familia, llegando a casa agotado y estresado. Me imaginé viejo, pero no envejecido. Viejo.
A la vez, salió otra oportunidad: ir a Madrid con una empresa que estaba transformando el mercado pero que no era nada. Sin seguridad, sin arnés. Nada.
Elegí lo segundo.
Vivía en una buhardilla que para entrar tenía que agacharme. Había veces que solo tenía dinero para coger el metro para ir, pero no para volver. Eran los grandes paseos donde llamaba a mi padre. Durante el camino, muchas solicitudes de empleo para volver a la isla, pero ninguna se dio. Hasta que en un punto todo cambió: me subieron el sueldo y empecé a escalar, más y más y más. Miles de horas, mi vida entera.
Antes me molestaba mucho cuando la gente me decía que había tenido suerte. Muchísimo. Qué iban a entender ellos de mi soledad, de mi dolor, de asumir las veces que la había cagado, de estar lejos de mi familia y de mis amigos, de que esos cumpleaños en los que quise estar nunca estuve, de que los últimos años que recuerdo de mi padre son de enfermedad, y de que solo lo recuerdo así a pesar de que quiero y deseo ver a aquella persona que me fue a buscar cuando me fui de casa con 16 años. De la incertidumbre y del miedo, de que cada decisión era mía. De las horas sin descanso. De la obsesión continua de ser alguien a través de lo que conseguía laboralmente. De ser el mejor, el que siempre estaba disponible. Solo sabía decir que sí. Una casa más grande, una moto que estuviera guapísima. Era mi responsabilidad.
De todos los cumpleaños y fechas importantes que olvidé o no pude estar, a pesar de que había iniciado todo este camino para estar en ellas.
Ahora lo entiendo, no puedo enfadarme con los que piensan que tengo suerte. Ya no lo hago. No lo hago porque sí que la tuve. Vaya que si la tuve.
¿Y sabes cómo lo sé?
Porque volvería a hacerlo.
Y eso es lo que me permite dormir por las noches. Saber que volvería a hacerlo. Somos lo que aprendemos durante el camino. Con cada fallo, con cada error, cada tremendísima cagada, de esas que sabes perfectamente que lo van a ser pero aun así lo hiciste. Porque decidí que en ese momento era lo que quería hacer, que asumiría las consecuencias. Y que se dio la casualidad para que yo tomara esa decisión y estuviese preparado para lo que sucediese después.
Ahora la isla ya no es una cárcel. Es un refugio. Al que vuelvo cada vez que necesito escuchar la voz de mis amigos, mirar por la ventana del avión el sol y el mar fundiéndose mientras aterrizo, que mi madre me pregunte qué quiero comer y si voy a cenar en casa, ir al cine con mi hermano. La isla me hace recordar que sigo siendo ese pescado en el charco que perseguía como si fuese Indiana Jones, pero que de vez en cuando la marea me devuelve a descubrir otros océanos.
Porque todo sume,
Javi.


